"no tenemos derecho a permitir 
el retroceso"

Lula da Silva


 

No es mi mamá, es tu papá y vos también


Macri, mi mamá tiene 87 años y hace más de 50 que vive con mi hermana en el mismo barrio y en la misma casa, que es su único patrimonio. Algunos dirigentes de mi partido que la conocen – porque la han visitado – pueden testimoniar, además, como vive.
Fue secretaria general de su gremio durante más de 30 años pero nunca tuvo un solo día de licencia gremial. Siempre fue a trabajar, ¿raro no?
Su única “debilidad” es su pasión por Gimnasia y Esgrima de la Plata. Vive de su jubilación y de la pensión de mi padre. Hace casi ya 3 años, fue operada de una gravísima enfermedad y desde entonces camina ayudada por un andador.

¿Qué es lo que queres inventar? ¿Pretendes hacerle creer a los argentinos que el país está mal y a ellos les va peor… por mi mamá? ¿No te parece mucho? Pensé que conmigo y con mi hija te alcanzaba ¿O es que las cosas van tan mal que tenes que empezar a perseguir junto con Clarín a una anciana que no sale de su casa?

No, Macri. El problema de la Argentina sigue siendo el mismo de siempre: Ustedes.
Tu papá y otros – como él – que estatizaron la deuda de sus empresas mientras la dictadura genocida había desaparecido a miles de argentinos.
Deuda de la “patria contratista” y otras yerbas que todavía estamos pagando. O como Clarín que se quedaba con Papel Prensa, mesa de tortura mediante.
Ustedes, los mismos que cuando los militares no les sirvieron más fueron por los políticos de los partidos populares y democráticos. Ellos terminaron destituidos y algunos presos y ustedes libres y cada vez más ricos.

Como el “periodismo independiente” que buscando cuentas K en el exterior, se encontró – como siempre – con… Ustedes, que tienen más cuentas y sociedades off-shore que pelos yo en la cabeza.
Lo mismo que pasó con los contratos de “dólar futuro”: Los que habían ganado millones eran… Ustedes. Los mismos que devaluaron, los mismos que fijaron el precio que después cobraron. Los que estamos procesados por Bonadío, somos nosotros.
Es que Ustedes siempre contaron con dos apoyos imprescindibles para hacer lo que hicieron y siguen haciendo: El poder judicial y los medios de comunicación, que volvieron innecesarias a las “viejas” y “obsoletas” dictaduras militares.

Desde la dictadura genocida donde no se conseguía ni un habeas corpus para las detenciones ilegales hasta el sobreseimiento por contrabando agravado de autos, que te regalo la Corte de la mayoría automática menemista.
Desde el blindaje mediático para los que vaciaron el país en el 2001 y se fueron con más de 30 muertos en las Plazas de la Republica hasta el encubrimiento – en el más literal sentido de la palabra – de este Gobierno de ricos y endeudadores seriales, donde todos los días nos enteramos que funcionarios y hasta legisladores son dueños o socios o representantes de las empresas que les toca regular y controlar. El escándalo de estar de los dos lados del mostrador y su inevitable consecuencia: El saqueo.

Macri si no te alcanzan las “causas” judiciales que ya inventaste, si no te alcanza con perseguir a mi hija, ajusta un poco más las clavijas en Comodoro Py, seguro que a Bonadío o algún otro más arriba, algo se les va a ocurrir.
Eso sí, por más causas judiciales que armen, a la gente le alcanza cada vez menos la plata. Muchos ya no llegan ni a fin de mes. Y no hablo de los “vulnerables” – terminología light para no decir pobres- no les está alcanzando a lo que hasta el 10 de Diciembre eran la famosa y tan mentada clase media argentina. Que podían irse de vacaciones, dar estudio a sus hijos y hasta comprarse el primer 0km o una casa. Y por favor córtenla, con lo de la “pesada herencia” que es lo único que les ha permitido sostenerse como Gobierno después de haber transferido miles de millones de dólares al agro y la minería. ¿Sino contanos como es que se puede endeudar el país en menos de un año por casi el 50% de su PBI? ¿Vendrá alguna vez un Gobierno que privatice la deuda externa? ¿O la tendrá que pagar otra vez el Pueblo como en el 2001? Interrogantes que uno se plantea después de ver que – como el cangrejo – el país va otra vez para atrás.

Hoy se cumple un año del “histórico” debate presidencial. Algunos proponen que así como el 10 de Noviembre es el día de la tradición y el 20 el de la Soberanía Nacional, el 15 de Noviembre sea reconocido como el día de La Mentira. Es que todavía suenan en los oídos de millones de argentinos palabras tales como: “No voy a devaluar”, “No voy a ajustar”, “No va a haber tarifazo”, “Daremos un millón de créditos hipotecarios”, “Ningún trabajador va a pagar impuesto a las ganancias”, “Pobreza cero” entre otras tantas que constituyen el más antológico episodio de la mentira y el cinismo, propalados en escala mediática nacional.
Aunque… pensándolo bien el 15 de Noviembre debería ser recordado como el día del “autoengaño nacional”. Es que, la fórmula del engaño fue simple: Les dijeron lo que querían oír. Siempre he pensado que cuando uno solo está dispuesto a escuchar lo que quiere oír, siempre va a encontrar a alguien que le va a mentir.

A propósito, y ahora que me doy cuenta ¿La movida contra Ofelia, mi mamá en el día de ayer será para tapar la mentira en el primer aniversario del debate? Si piensan que con eso les alcanza, lamento notificarles que no. Mañana y pasado mañana y la semana que viene y el mes que viene y el año que viene – con estas políticas – la gente seguirá con los mismos problemas de hoy: Desocupación y precarización laboral, salarios que no llegan a fin de mes, tarifazos, endeudamiento. Digo yo ¿y si prueban con poner un poquito de la energía que gastan en perseguirme a mí, a mi hija y ahora a mi madre, en solucionar los problemas que Ustedes, siempre Ustedes le han provocado a millones de compatriotas? Estoy segura que le iría mejor al Gobierno y a la Argentina. 







 











  

Bayer vs Roca










  







Tristeza não tem fim

Opinión, por Julio Maier



Desconfío actualmente del Derecho, del orden jurídico y de sus instituciones prácticas. 


Esa falta de confianza comprende también a los operadores jurídicos, los jueces y funcionarios judiciales, los abogados y hasta los docentes en Derecho, y a los principios que adornan esos oficios, de modo genérico, esto es, sin intención alguna de injuriar a alguien en particular.

Me pregunto yo a mí mismo: ¿cómo pude edificar mi vida alrededor de esta profesión y de sus instituciones? Una de mis conferencias, originada en una conversación con bachilleres con vocación de juristas, versaba sobre “¿Para qué sirve el Derecho?”. Hoy debería escribir lo contrario: el Derecho es inservible, al menos para los fines magnánimos para los cuales yo lo concebía. Es un mecanismo de dominación, de exclusión.


En efecto, a la vejez viruela, he venido a experimentar que no hace falta una intervención violenta, armada, contra las instituciones democráticas para anularlas en un santiamén. 


Nunca pude imaginar –a pesar de las amenazas pronunciadas y de la conciencia de que no todo estaba antes “bien hecho”– a un gobierno que en el mejor de los casos ganó una elección por un mínimo porcentaje de votos, en segunda vuelta y con todavía menor participación parlamentaria, en cuestión de horas o días podía desvalijar el trabajo de más de una década, regresar a épocas pasadas, ya transitadas y con resultados más que desastrosos para la población, todavía persistentes. 


Sirvan de ejemplo, en nuestro país, la derogación práctica, por decreto administrativo, de una ley de medios audiovisuales elaborada en años y alabada universalmente, la cercenación de los fondos sustentables de jubilaciones y pensiones universales y de otros beneficios sociales, el derrumbe de la paciente elaboración –de mayor antigüedad aún– de un mercado regional (Mercosur) y la trágica falta de aplicación de una de sus leyes básicas respecto de su administración (que sólo la R. O. del Uruguay, aparte del país excluido, osó defender como vigente e insustituible por otra solución ilegítima, de conformidad con la norma internacional de creación), el desmantelamiento de medios y oficinas estatales de auxilio para el juzgamiento de crímenes contra la humanidad, el reconocimiento inmediato, casi anticipado, de un gobierno de un país vecino, socio principal integrante del Mercosur, surgido de aquello que calificadas opiniones titulan como “golpe de Estado blando” –opiniones quizá discutibles pero nunca ignorables –, la pérdida de soberanía política y económica a favor de otro país dominante y su área de influencia, que incluye a los organismos financieros globales (FMI, Banco Mundial), el regreso de la desocupación de dos dígitos, alimentada por la propia administración pública (despidos masivos sin fundamento), de la inflación de porcentajes estratosféricos, del dólar como moneda nacional de ahorro y exportación de capitales, la calificación de inservible del Derecho laboral y sus convenciones colectivas, en fin, sólo unos pocos ejemplos de lo visto en medio año de gobierno. 


Más tristemente aún: todo ello contó con la colaboración –cuando no traición– de la oposición parlamentaria, incluso de parte del grupo político antes gobernante, que expresa verbalmente una cosa y hace otra, y con la cuasi omisión de las autoridades de la mayoría de las organizaciones sindicales. Pero, además, se reprime a organizaciones sociales como la Tupac Amaru, integrada por pueblos originarios, a la que se rotula como asociación ilícita, y se priva de libertad a sus dirigentes y colaboradores por la tamaña felonía de demostrar públicamente contra el gobierno.


A ello se suma lo sucedido ahora en Brasil, la mayor potencia económica, territorial y de población de nuestra América meridional, suceso anticipado en Paraguay y en Honduras a manera de ensayo: la utilización formal de un mecanismo constitucional de excepción como regla, para sustituir a una jefa de gobierno, que presidía el país votada por una inmensa mayoría del pueblo, sentencia de un tribunal integrado por legisladores elegidos popularmente, senadores nacionales, incluso algunos de ellos de la coalición política gobernante y varios sospechados formalmente por corruptos, cuasi confesos de que la imputación contra la jefa de gobierno era inexistente o, cuando menos, no se había demostrado o no justificaba la condena. De nuevo era trágico, pero risible, payasesca, la exposición de fundamentos de los condenantes, la mayoría de los cuales no sólo no se atenía a la imputación deducida, objeto de la defensa practicada por la propia jefa de gobierno, sino que, antes bien, con claridad, ignoraba por completo la imputación deducida contra ella. Tan es así que no se alcanzó mayoría para condenar a la acusada a la pérdida de sus derechos políticos, sanción prevista en el ordenamiento jurídico-constitucional brasileño; sólo fue sustituida en su cargo de presidente del país.


Esto me afirma sin más en mi condena al Derecho como inservible o, mejor aún, servible a gusto y paladar de quien lo aplica prácticamente, sin reglas hermenéuticas claras y precisas, abierto a cualquier interpretación según los ideales (¿?), la necesidad o el interés de quien juzga. Un instrumento como éste no “hace justicia” en sentido alguno, sólo aplica poder, de modo similar a la violencia física, sin vergüenza o, mejor, sinvergüenzas o “canallas”, como dijera el legislador que señaló a uno de los condenantes con el dedo, según informó en este mismo diario un periodista brasileño, Eric Nepomuceno.


Así sucede también en la vida común, fuera del ámbito político. Para muestra basta un botón: observen la imputación de fiscales y una organización social a la presidenta anterior y a su canciller por “traición a la patria” o, si les resulta más sencillo, visiten una cárcel.


Profesor titular consulto de DP y DPP, UBA.